Era la noche del 24 de diciembre de 2025 y el cielo parecía un gran cuento dibujado con estrellas. La luna, redonda y blanca iluminaba la nieve del Polo Norte. En todo el mundo, los niños dormían profundamente, abrazando peluches y soñando con los regalos debajo del Árbol en la mañana de Navidad.

Muy lejos de allí, en el Polo Norte, el trineo de Papá Noel estaba completamente preparado. Los sacos estaban llenos y bien colocados. No faltaba ni un solo paquete. Los renos movían las patas con emoción, haciendo sonar sus campanillas. Rodolfo encendía su nariz roja una y otra vez, como comprobando que todo estuviera listo. Papá Noel miró su lista, sonrió satisfecho y pensó que, una vez más, la magia estaba a punto de cumplirse.

Pero para que esa noche sea perfecta, habían pasado muchas cosas durante meses. Porque la Navidad no se improvisa. La Navidad se prepara con tiempo, con orden y con mucho trabajo en equipo.

Muy cerca de la casa de madera donde vive Papá Noel existe un lugar enorme y especial llamado El GRAN ALMACÉN DE PAPÁ NOEL. Es tan grande que parece una ciudad entera bajo techo. Dentro hay pasillos larguísimos, estanterías muy altas y otras pequeñitas, huecos grandes, medianos y diminutos, y miles de regalos esperando su momento para viajar por el mundo.

Durante todo el año, cuando los niños van al colegio, juegan en el parque o ayudan en casa, al Gran Almacén llegan camiones de todas partes del mundo. Algunos vienen de fábricas de juguetes, otros de talleres de libros, ropa o juegos. Atraviesan largas carreteras, montañas nevadas y bosques helados. Y cuando llegan, traen algo más que cajas: traen ILUSIÓN.

En el almacén trabajan los Elfos, los ayudantes de Papá Noel. Son pequeños, rápidos y siempre están de buen humor. Saben que cada caja que descargan es el deseo de alguien. Pero aunque los Elfos son muy listos, no trabajan solos. Todos siguen las indicaciones de una gran máquina brillante llamada el Gran Ordenador.

El Gran Ordenador es como un cerebro mágico lleno de luces de colores que parpadean todo el tiempo. Él sabe cuándo llega cada camión, cuántos regalos trae, si son grandes o pequeños y, lo más importante, sabe exactamente dónde debe guardarse cada regalo para que no se pierda. Gracias a él, todo funciona como un reloj.

Cuando un camión llega al almacén, los Elfos ya están preparados. Abren las puertas y empiezan a descargar las cajas con mucho cuidado. A veces usan máquinas pequeñas con ruedas y otras veces lo hacen con sus propias manos. Si una caja pesa mucho, varios Elfos se juntan y la levantan entre todos. En el Gran Almacén, ayudar es lo más importante.

Antes de guardar cualquier regalo, los Elfos le colocan una etiqueta especial. Tiene números, letras y unas rayas negras que parecen un dibujo secreto. Luego sacan sus móviles mágicos, apuntan a la etiqueta y se escucha un sonido divertido: “¡BIIIP!”. En ese mismo momento, el Gran Ordenador reconoce el regalo y dice dónde debe ir. Así, ningún juguete se pierde jamás.

El almacén es tan grande que los Elfos usan máquinas especiales para moverse rápido. Por el pasillo central aparece una máquina con dos grandes cuernos de metal que parece un animal prehistórico. Los Elfos la llaman El Mamut, porque es fuerte y puede levantar cajas muy pesadas. El Elfo que lo conduce escanea la etiqueta, mira su móvil mágico y conduce El Mamut hasta el lugar correcto. Cuando llega, coloca el regalo con cuidado y avisa al Gran Ordenador de que ya está bien guardado.

Los regalos más pequeños no viajan en el Mamut. Estos se suben a cintas mágicas que se mueven solas. Las cajas recorren el almacén despacito, giran, suben y bajan hasta llegar exactamente dónde deben quedarse. A los Elfos les gusta decir que esas cajas bailan mientras trabajan.

Durante todo el día, el almacén está lleno de movimiento. Los regalos van y vienen, las máquinas se desplazan sin chocar y los Elfos trabajan sin parar. Pero no hay gritos ni enfados. Solo se escuchan los “BIIIP” de los móviles mágicos, el suave sonido de las máquinas y, a veces, algún Elfo cantando un villancico. Todos saben que están cuidando la felicidad de millones de niños.

Cuando se acerca Diciembre, empiezan a llegar las cartas a la casa de Papá Noel. Cartas largas, cortas, con dibujos, colores y pegatinas. Papá Noel las lee con atención y las lleva al Gran Almacén. Los Elfos apuntan en el Gran Ordenador qué regalo quiere cada niño y para quién es. Entonces empieza la parte más emocionante del trabajo: preparar los regalos para la gran noche.

Los Mamuts bajan regalos más grandes de las estanterías, las cintas mágicas traen los más pequeños y los Elfos que envuelven regalos trabajan sin descanso. Usan papeles brillantes, lazos de colores y mucho cuidado para que cada paquete sea perfecto. Cuanto más cerca está el 24 de diciembre, más trabajo hay, pero nadie se queja. La ilusión de los niños es la mayor recompensa.

Y por fin, llega la gran noche. El trineo se carga con mucho orden: los primeros regalos que Papá Noel entregará se colocan arriba y los últimos, abajo. Los renos ya conocen el recorrido. El Gran Ordenador muestra una gran luz verde que dice que todo está listo. Papá Noel se sube al trineo, sonríe y dice con voz alegre:—¡Adelante, mis renos!

En un abrir y cerrar de ojos, el trineo vuela por el cielo estrellado. Horas después, Papá Noel regresa al almacén con el trineo vacío y el corazón lleno. Todo ha salido perfecto.

Mientras tanto, en las casas de todo el mundo, los niños se van despertando, corren hacia el árbol y encuentran exactamente lo que pidieron. Porque en el Gran Almacén de PAPÁ NOEL, gracias al orden, al trabajo en equipo y a la ilusión, LA MAGIA NUNCA FALLA.

¡Ho, ho, ho! Feliz Navidad.
Dedicado con todo el cariño a mis hijos Alonso y Greta🎄✨

Autor: Francisco De Santos – Vocal de RALOG

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