edadismo y emprendimiento

 

 

Aunque el diccionario de la Real Academia Española no recoge (por ahora) la palabra “edadismo” casi todo el mundo entiende esta acepción como la discriminación que se sufre por el simple hecho de ser mayor.

Y si nos referimos a cuestiones laborales, la línea que muchas empresas trazan para establecer cuando un empleado, o un potencial candidato a serlo, empieza a considerarse ‘mayor’ cada día está más abajo.

Hace unas décadas, a una persona de 60 años se la consideraba un ‘no candidato’ en cualquier selección de personal, hoy en día, si tienes 50 años o más, quizá ya tengas muy pocas oportunidades de que te contraten.

Y si nos referimos a la plantilla de una empresa, especialmente de una empresa grande, pasar la barrera de los 50 es entrar en una dimensión desconocida donde toda la señalética parece que nos indica, cada día, dónde está la salida.

Dentro de la organización (o queriendo entrar en ella), si tienes más de 50 años puede que se te pasen ideas ‘extravagantes’ por la cabeza y una de las más raras podría ser la de ser trabajador por cuenta propia, la de convertirte en ‘emprendedor’.

Si esto es así, te interesa conocer la historia de Max (su padre era un gran admirador de Valle-Inclán). Empecemos…

Max era un soñador al que el paso del tiempo le había aconsejado que aparcase sus sueños y se mimetizase con el entorno: «estudia mucho, consigue un buen trabajo, cásate, ten hijos, compra una casa, ahorra para tu jubilación y serás feliz» le decía siempre su madre y, más o menos, hizo caso (al tiempo, que pasaba veloz, y a su madre, que en paz descanse).

Su esfuerzo le proporcionó una excelente formación, y ésta le permitió acceder a un pri-mer empleo, no demasiado precario, en donde siguió esforzándose y desde donde pudo ‘saltar’ a otra empresa que le garantizó un nivel de salario y una estabilidad suficientes como para cumplir la hoja de ruta que su madre le había trazado.

Y el tiempo siguió pasando, y un día, Max, se dio cuenta de que había llegado condu-ciendo de su trabajo a casa sin ser consciente de cómo lo había hecho ni de por dónde había transitado. Ese fue el primer día en el que Max volvió a tener un sueño.

No pasó mucho tiempo hasta que el sueño de Max volvió a materializarse, la segunda vez apareció en medio de una reunión de departamento, alguien le dijo después que lo había visto algo despistado, pero como no tuvo que intervenir nadie notó nada fuera del tedio habitual de ese tipo de reuniones, lo normal.

La cuestión es que, de un día para otro, el sueño de Max llegaba a su mente sin avisar, de forma intempestiva y en los momentos menos esperados (como el día en que estaba esperando para pagar la compra en la cola del supermercado y, según él cree recordar, fue dando paso a todos los que esperaban detrás, uno a uno, hasta que pudo volver al punto exacto de realidad que había dejado justo antes de que su sueño le visitase).

Max pensó que lo que le pasaba no era muy normal, y también pensó que debía de ponerse en manos de un psicólogo antes de que su vida se pusiese patas arriba.

«Cuénteme qué es lo que sueña» le dijo la psicóloga que le había recomendado uno de sus mejores amigos a los pocos días de iniciar la terapia. Y Max empezó a hablar…

«Siempre estoy conduciendo, dentro de un coche que no reconozco. Al principio agarro el volante con fuerza, estoy muy rígido, pero al cabo de unos kilómetros me relajo y, justo en ese momento, miro por el retrovisor interior y, en el asiento trasero, dos personas desconocidas que hace un momento no estaban, me hacen gestos como de ánimo, incluso levantan sus pulgares a la vez, como si me felicitasen por lo bien que estoy llevando el coche hacia ningún lado».

«Continúe, por favor, continúe» le espetó la psicóloga sin disimular la curiosidad que tenía por saber el desenlace del imaginario viaje de Max.

«Cuando aparto la vista del retrovisor me doy cuenta de que he invadido el carril contra-rio y que un camión enorme viene directo hacia mí. Pego un volantazo en el último momento y logro esquivar el choque frontal, pero me salgo de la carretera principal y el coche sigue su curso por una pista de tierra, ahora ya no hay nadie conmigo, mis desconocidos pasajeros se han esfumado.

Al cabo de un rato el coche se para, sigo en la pista de tierra pero ya no tengo referencias de ningún tipo, no sé dónde estoy. Abro la puerta, me bajo, camino unos cuantos pasos hacia el frente y, al mirar atrás, el coche también ha desaparecido. Y acaba todo.»

«Pues está muy claro» dijo la psicóloga. «Todo parece indicar que su subconsciente ya ha iniciado un proceso de cambio que usted deberá materializar de manera consciente. Su etapa laboral actual está agotada y, si no toma decisiones ya, otros las tomarán por usted»

Y Max, gracias a esa afirmación tan contundente, impropia quizá de unos momentos tan tempranos de terapia (sólo llevaba dos sesiones), estableció una correlación metafórica válida entre su sueño y su situación laboral: al asumir hace dos años su último puesto de trabajo como cargo intermedio en un departamento de nueva creación, dentro de una filial de la empresa en la que ya llevaba más de 15 años, había sentido que sus responsabilidades le superaban y, durante los 3 primeros meses, incluso pensó en dejarlo.

Poco a poco, sin embargo, todo fue fluyendo y los resultados positivos llegaron antes de cumplir su primer año en ese nuevo puesto. Todo iba razonablemente bien hasta que aquel maldito cliente que suponía el 10% de la facturación del departamento quebró y puso en serios aprietos la continuidad de dicho departamento. Por fortuna las aguas volvieron a su cauce en pocos meses, aunque con un caudal mucho menos voluminoso y sin parte del equipo inicial. Y así llegamos hasta hoy, momento en el que parece que Max y los que quedan en su departamento ya no asumirán ningún nuevo proyecto y donde se rumorea que serán reubicados en otros lugares de la empresa (o, incluso, fuera de ella).

Y en esta interpretación de los sueños andaba Max cuando, sin darle tiempo a tomar decisión alguna, le despidieron.

Y la incertidumbre dio paso a la ansiedad, y la ansiedad mató el sueño de Max (el que recurrentemente se le había ido materializando mientras estaba despierto y el que necesitaba para llegar a la cama cada noche y descansar).

Y si no poder soñar es perderse una parte importante de la vida, no poder dormir es echar a perder la vida entera. Ahora la terapeuta ya no interpretaba sueños, ahora intentaba que Max fuese capaz de conciliar el sueño cada noche pero… lo de encontrarse con Morfeo no avanzaba.

Cuando parecía que las cosas sólo podían empeorar, Max tuvo una revelación ¿y si el sueño recurrente que había tenido tiempo atrás no fuese una metáfora de su situación laboral?, ¿y si fuese un reflejo de un futuro que estaba por llegar?

Max reflexionó sobre las cosas que le hubiera gustado intentar hace más de 30 años, cuando estaba en la universidad, y se dijo a sí mismo que quizá alguna de aquellas ideas todavía podría tener posibilidades de hacerse realidad como negocio. Incluso con más de 50 años (con casi 55 para ser exactos) algunas veces los sueños se hacen realidad.

De un modo casi obsesivo, con un frenesí impropio de un hombre de su edad, Max se volcó en demostrarse a sí mismo y a los demás que los sueños pueden hacerse realidad.

Trabajó incansablemente, invirtió el poco dinero del que disponía, convenció a otros para que le siguieran, hizo que el mundo a su alrededor conociese sus intenciones y, tras mucho esfuerzo y algún retraso, consiguió sacar al mercado su producto.

Al principio el público respondió bien, las novedades siempre gustan. Esto hizo que la tensión de los primeros meses fuese dando paso a ciertos momentos de relax, sin embargo, cuando ya parecía que todo rodaba según lo previsto, uno de los socios financie-ros de Max, que había comprometido una aportación monetaria relevante en función de los resultados, se echó atrás.

En menos de 6 meses, tras la negativa de este socio a invertir lo prometido, el negocio no tuvo más remedio que cerrar. Max estaba de nuevo tirado en el medio de una carretera que no conduce a ninguna parte y, esta vez, se dio cuenta de que había acertado: el sueño era fiel reflejo de lo que le pasaría si daba el paso y decidía apostar por llevar a cabo una idea de negocio que adoraba, en la que creía, pero que hubiera tenido muchas más posibilidades de triunfar si la hubiera puesto en marcha 30 años antes.

¿Y si la historia de Max tuviese un final feliz?

De un modo casi obsesivo, con un frenesí impropio de un hombre de su edad, Max se volcó en demostrarse a sí mismo y a los demás que los sueños pueden hacerse realidad.

Trabajó incansablemente, invirtió el poco dinero del que disponía, convenció a otros para que le siguieran, hizo que el mundo a su alrededor conociese sus intenciones y, tras mucho esfuerzo y algún retraso, consiguió sacar al mercado su producto.

Al principio el público respondió bien, las novedades siempre gustan. Esto hizo que la tensión de los primeros meses fuese dando paso a ciertos momentos de relax, cuando ya parecía que todo rodaba según lo previsto, uno de los socios financieros de Max, que había comprometido una aportación monetaria relevante en función de los resultados, se ofreció a doblar su apuesta por el negocio.

En menos de 6 meses, tras la apuesta de su socio, Max llevó a la empresa a otro nivel, su producto alcanzó cuotas de mercado que nadie hubiese imaginado tratándose de algo que parecía traído de un pasado bastante lejano. Los beneficios aumentaron exponencialmente, el sueño se había cumplido. Max tenía ante sí un paisaje idílico, el sueño recurrente sólo era el final del principio, aún quedaba un largo camino que recorrer.

¿Acaso importa que Max fracase o triunfe emprendiendo? No, lo que verdaderamente importa es que Max se ha visto abocado a emprender porque, con 55 años, ninguna empresa quiso contar con su experiencia y sus conocimientos, y esto es, no porque la empresa discrimine a nadie por razones de edad sino porque había gente mucho más preparada (que también era más joven) que era justo lo que estaban buscando (y no se le puede reprochar a ninguna empresa privada que tome las decisiones que mejor considere para sus negocios y para sus accionistas).

Lo cierto es que exista “edadismo” o no, los mayores de 50 años que son despedidos están parados o están buscando un cambio laboral y quieren dejar su puesto de trabajo actual, acabarán emprendiendo y, como bien nos recuerda la historia de Max, emprender es un arma de doble filo donde muchos podrían acabar ‘cortándose’.

Escrito por Manuel Dafonte en La Coruña el 30 de mayo de 2022

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