Apenas han pasado cinco meses desde que escribí para RALOG mi último artículo (“Futuro”) y la aceleración que ha tenido la Inteligencia Artificial, sobre todo en el imaginario colectivo, ha sido brutal.

Todo está impregnado de ella y la logística no podía quedar al margen del cambio que esta disrupción supone.

Y hablo de “disrupción” en su sentido más literal, tal y como la define el diccionario de la RAE, como «Rotura o interrupción brusca»

Algo se nos ha roto, es verdad, o al menos ese algo que creíamos duradero porque habíamos sido capaces de crear una rutina en torno a él y dominarlo (en apariencia). Ese “algo” era lo que llamábamos “cambio”.

Apenas ha necesitado la IA un cálido invierno sumado a media primavera tórrida para ponerlo todo “patas arriba”. Se nos ha interrumpido de manera tan abrupta la falsa certeza a la que nos agarrábamos, esa sensación de que, aunque muy deprisa, sabíamos hacia donde íbamos (sin saber muy bien cómo lo estábamos logrando), que hoy estamos perdidos, elucubrando sobre si la humanidad se encamina hacia la destrucción o hacia el paraíso terrenal.

¿Qué será de nosotros? Chi lo sa?

Alguien escribió una vez «Cuando no hay respuestas sólo podemos seguir haciéndonos preguntas»

De hecho, ese alguien he sido yo mismo hace un momento pero, entrecomillada y en cursiva, la frase gana en profundidad y parece de alguien intelectualmente más respetado y, por supuesto, de alguien ya fallecido hace siglos.

Pero, sólo por un momento, permitidme que reflexionemos juntos sobre la susodicha frase.

Es muy pronto, está la herida todavía supurando, como para redactar axiomas, ni siquiera para proponer tesis, apenas para imaginar hipótesis o elucubraciones sobre las grandes implicaciones en nuestras vidas de un elemento que, al implantarse de forma masiva, lo va a cambiar todo.

No hay comparaciones válidas con otros grandes momentos de cambio en la humanidad, pero eso no nos debe impedir valorar lo que supuso la masificación a nivel planetario, hace muy pocos años, del acceso a internet y de la telefonía móvil y, hace unos cuantos siglos, de la electricidad, de la imprenta, de la moneda, de la escritura, de la rueda o del fuego.

Cuando el hombre asume como propia, como parte de su ser, la utilidad que le proporciona “el cambio que lo cambia todo”, él mismo se transforma, se convierte en un ser diferente, en un protohombre, se cree un semidios obligado a desafiar incluso la idea del Dios con mayúscula.

Y en esto estamos: a las puertas del cielo. O del infierno. Pero como vamos a tardar todavía un tiempo en atravesarlas, más nos vale ponernos las pilas y empezar a formarnos, a entender qué es eso que nos empapará aunque no sepamos de donde viene la lluvia que nos moja.

Nadie cuestiona que aprender a leer, escribir y calcular sea algo básico para la vida, incluso el analfabetismo hoy se podría definir más como la incapacidad de entender lo que se lee, o de comprender el resultado de lo que se calcula, que el hecho en sí de leer o calcular.

Si bien es cierto lo anterior, también lo es que pocos se atreverían a llamarnos analfabetos a los que no sabemos programar y, mucho menos, a los que no comprendemos cómo funcionan los algoritmos que determinan el resultado de una búsqueda que hacemos en internet, tan sólo seríamos considerados ignorantes si no supiésemos utilizar los programas informáticos a nivel usuario producto de esa programación o si no fuésemos capaces de sacarle partido a un buscador que reacciona en función de aquellos algoritmos.

Como vemos, se impone el uso, la utilidad, el manejo por encima de la comprensión, la forma sobre el fondo y, sólo por eso, la Inteligencia Artificial ya ha ganado la guerra antes siquiera de disparar la primera bala.

Se trata de saber cómo sacarle partido a las muchas herramientas que la IA pone ya, hoy, a nuestra disposición como usuarios, no de entender cómo esas aplicaciones logran hacer lo que hacen. Pero también se trata de comprender el resultado que nos aportan, de poder dudar de ese resultado, incluso de cuestionarlo y exigir explicaciones, rectificaciones y mejoras, en definitiva, se trata de no dejar de ser humanos.

Claro que hay cuestiones éticas que debemos de tener en cuenta, claro que “no todo vale”, pero lo más importante es regular el ‘uso’ y no la ‘generación’ de IA y, todavía mucho más importante que ‘regular’ (verbo que suele ser siempre más sinónimo de ‘prohibir’ que de ‘proteger’), sería formar, divulgar, ayudar a las personas a entender la IA y cómo ésta va a cambiar sus vidas para siempre.

Nuestro cerebro tiene una plasticidad impresionante y lo que hace muy poco nos resultaba incomprensible, incluso nos daba miedo, lo interiorizamos y hacemos nuestro a velocidad de vértigo -como si siempre hubiese estado ahí- cuando nos facilita la vida. Y la IA no será una excepción.

Estoy seguro de que, en unos pocos meses, mi próximo artículo para RALOG (si es que me permiten seguir publicando las digresiones a las que les vengo acostumbrando en los últimos tiempos), ya no versará sobre lo que nos espera sino sobre lo que ya fue. O no.

Chi lo sa?

Artículo escrito por Manuel Dafonte, colaborador y socio de RALOG, el 11 de mayo de 2023, en La Coruña.

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